Los asesinos de las palabras 15 – Desamar la palabra desarma al escritor

El escritor que no ama la palabra se desarma. Desde hace ya años, una corriente cada vez más extendida desprecia la palabra en la literatura. La desprecia y no la tiene en cuenta como pieza fundamental de la obra.

Es algo que vemos cada día más en la narrativa, en la que se trata de reducir todo a una historia, sin darnos cuenta de que todas las historias están ya contadas, de una u otra forma, y que la diferencia se establece en cómo la contamos.

Pero también, más cada día, lo podemos encontrar en la poética en todas sus variantes. Casi el último reducto del arte en las letras que queda. Y la escritura es arte, porque sin esa dosis de arte no se pueden alcanzar las emociones y sin la mentalidad de un artista es inviable crear. Imposible dotar de un objetivo y fin a su obra.

Si comparamos la literatura con otras artes y tratamos de pensar en un pintor, por ejemplo, que no valorase las técnicas, los colores o los pinceles, los estilos, las corrientes y las posibilidades de, combinando todo o prescindiendo de ello, innovar, sería casi imposible imaginar una obra que fuese más allá de un garabato sin proporción incapaz de emocionar y atraparnos.

El afán del pintor por investigar y evolucionar es inagotable. Picasso pasó por múltiples etapas. La azul y la rosa, en las que predominan la figura y los colores envueltos en brumas de ensueño, la melancolía, la espiritualidad y el existencialismo. La pintura negra, en la que experimenta con inquietud buscando un camino para darle salida a un visión mucho más compleja y completa de la realidad que siente, ve, vive y observa, intentando superar los límites de la expresión visual para pasar de las sensaciones a la introspección. El cubismo; una evolución necesaria desde la anterior etapa en donde la pintura se hace reflexiva y llama a la interpretación del intelecto, descomponiendo la realidad en sus formas más básicas para construir con ellas lo esencial a la misma.

La tormenta interior de Picasso, y la permeabilidad de su sensibilidad ante la sociedad y el mundo que le rodea están presentes en cada una de sus fases y el autor busca desesperadamente en cada momento, a través de las técnicas que domina, un vehículo de expresión. Y, cuando no existe, lo inventa partiendo de sus mimbres técnicas.

Cuando la paz impera en su vida y le rodea la felicidad, vuelve a dar un giro completo y retoma la figura y los tonos dulces del pastel para rescatar un neoclasicismo en el que no dejan de estar presentes todas las reflexiones anteriores.

Luego, el expresionismo, con su vitalidad dramática, capaz de despertar las emociones más desgarradoras y vibrantes, con una vuelta necesaria a la desestructuración cubista que elimina lo superfluo, ante la necesidad de llorar un mundo que se destroza en los conflictos.

Todo, en sus obras, desde el inicio y en todas sus etapas, obedece a una necesidad interior a cuyo servicio pone las armas que le han dado sus conocimiento y habilidades. Picasso es, gracias a ellas y su dominio, y gracias a su inquietud, un creador capaz de innovar y emocionar en cada uno de sus intentos.

Solo le vemos desaparecer cuando incursiona en el surrealismo. Es esta la única etapa de Picasso en la que se le nota falto de convicción, fuera de un camino, como expresando una emoción ajena. Y es natural, ya que su incursión en esta corriente solo obedece casi a un imposición artística, fundamentalmente perseguida por el interés de Bretón en incorporar al artista a sus filas.

Las armas del escritor son las palabras y su actitud de artista le lleva no solo a contar una historia, sino a contarla porque tiene algo que decir; algo que sacar tan personal y de tan adentro que hasta le duele no hallar el camino para hacerlo y, para eso, es necesario amar la palabra y hasta odiarla, en ocasiones, pero nunca prescindir de ella o rechazarla. Girarla, con todas sus facetas y recursos hasta conseguir dar con la perfecta.

En la obra poética, el autor puede encontrar una línea en cada poema. Un estilo, una corriente, una fórmula adecuada al mundo, a la historia que quiere reflejar o al sentimiento puesto en unas líneas de versos o en un conjunto de poemas. El poeta es aquí más parecido al pintor porque cada poema es como un cuadro con su principio y su fin e incluso formando parte de un conjunto, no deja de tener una identidad propia. Lo vemos reflejado en el uso de imágenes y figuras retóricas, el ritmo, la musicalidad y la métrica interna, incluso en el verso libre o la prosa poética, que, en definitiva, hacen de los poemas algo perceptible por los puros sentidos, sensible, visualizable, pero a la vez reflexivo y racional.

La libertad conduce a la pereza y uno no es libre si no tiene todo el conocimiento que le brinda la capacidad de elegir

Pero esa sensibilidad del artista creador no es nada sin la palabra y la construcción más adecuada, sin el mimo que exige cada línea que condensa un mundo y hasta los poetas se han vuelto perezosos en el estudio de las palabras, en su conocimiento, en sus antecedentes… La libertad conduce a la pereza y uno no es libre si no tiene todo el conocimiento que le brinda la capacidad de elegir.

¿Y si yo no soy poeta y escribo narrativa, novela, cuento…?

Aquí, el amor a la palabra es todavía mucho más necesario que en la poesía. La narrativa, salvo en los casos en que es muy breve, y aquí se acerca más a la poética y acude a sus recursos, tiene la peculiaridad de no centrarse en un solo sentimiento, situación, momento o personaje, sino en una combinación de infinitas posibilidades y emociones que se desarrollan a través de una trama más o menos extensa.

No solo exige del autor el conocimiento perfecto de la palabra como vehículo necesario a la expresión precisa en cada caso, sino de los estilos y recursos que le brindan la posibilidad de escoger la mejor expresión para cada situación y momento.

Una novela sería algo similar, así, a coger toda la obra de Picasso y contar una historia con ella en la que cuando queremos expresar melancolía acudimos al impresionismo rescatado en sus obras de la época azul, como La Habitación, y cuando queremos reflejar el sentimiento desgarrado de la brutalidad, la muerte o la destrucción nos agarramos al expresionismo del Guernica y, así, pasando por todos los matices que nos pueden aportar los diferentes estilos, buscando una cohesión única entre ellos a través del argumento y la trama.

Picasso paso años estudiando las pinturas del Louvre, conviviendo en París con pintores y artistas con los ojos bien abiertos, dibujando y haciendo bocetos, estudiando el color y la técnica. De igual manera, cada novela de Cela, Camilo José, es un experimento en sí mismo que nada tiene que ver ni en estructura ni en lenguaje ni en personajes ni en el tratamiento con la obra anterior y, sin embargo, encontramos en todas los abundantes recursos que le dan las palabras porque, aunque Cela no terminó ninguno de los estudios que emprendió, nunca dejó de estudiar con amor cada palabra y todo lo que estas podían aportarle a su necesidad de expresar, comunicar y crear.

Se suele decir que para escribir bien hay que leer mucho y, si bien es cierto, es incompleto. Para escribir bien hay que leer estudiando, analizando el amor que ese escritor que nos admira en la expresión de algo, que nos sorprende con algo, ha puesto en las palabras que lo expresan. Solo los escritores que aman de esa forma las palabras son capaces de llevarnos a esa emoción que traspasa cualquier historia que podemos tropezarnos cualquier día en la calle y llevarnos a ver en esos sucesos la capacidad de convertirse en una historia bien narrada. En esa historia que solo nosotros podemos contar aportando una diferencia con nuestra capacidad de expresar exactamente lo que deseamos y desencadenar las emociones en el lector.

Amar la palabra no es retorcerla ni hacerla rebuscada o artificiosa ni adornarla innecesariamente hasta hacerla empalagosa, pero tampoco es dejarla desnuda y sin recursos; simplificarla hasta el punto de hacerla un telegrama. Amarla es encontrar el equilibrio entre la desnudez y su vestido, acariciarla en lo insinuante de lo que deja entrever y, para ello, es imprescindible conocerla hasta en lo más íntimo y sutil.

IMAGEN: Pablo Ruiz Picasso, La habitación azul

7 comentarios sobre “Los asesinos de las palabras 15 – Desamar la palabra desarma al escritor

  1. Excelente y muy bien detallado un punto que puede ser inspirador para quienes escribimos.
    Dejame complementar o dar mi punto de vista, que como bien decís la escritura obedece a un movimiento interior y a tener algo que decir, y muchas veces lo segundo no está presente en muchos artistas creo que por caer justamente en la escuela de facto que se ha diseminado en el ambiente, que es la escuela del “escribir bien”, en la que redundan cosas que están muy bien escritas por atenerse a recursos y técnicas, pero que no dicen casi nada o no transmiten demasiado, quedando la imagen férrea de que la literatura es mero pasatiempo, intelectual, pero pasatiempo al fin, y que el arte no es una necesidad y un anhelo de lo más profundo de nosotros como humanos para quienes se acercan escapando del aburrimiento, el hastío, el entretenimiento perpetuo o las razones que se tengan.
    En fin, empecé en las raíces y me fui por las ramas. Me parece que cada uno como escritor debe seguir ese impulso interior, porque es lo que le va a dar un valor significativo, mientras que lo otro le puede dar otros valores, como fama, quizá dinero y reconocimientos, pero entonces ya decanta en un movimiento externo, generalmente lo que pide el “mercado” o la industria editorial.
    Saludos.

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    1. Saludos, amigo.
      Como dijo el filósofo: la virtud se encuentra en el término medio.
      Nunca los extremos llevan al equilibrio que propongo en el texto y es obvio que frente a unas corrientes surgen otras igual de radicales que se oponen.
      Pero no todo texto “culterano” está exento de alma y de talento, como no todo el llano está dotado de ellos.
      Sin embargo, sí es el mercado y la corriente lo que determina cada día más la agonía de ese talento.
      En el caso que he expuesto de Picasso se ve con claridad y se puede contrastar con su obra. El artista no entró en la corriente surrealista por convicción o devoción, sino por la presión y el interés de Bretón y su grupo (los mismos que expulsarían a Dalí del movimiento por inapropiado). Eso dio en él su única etapa gris y polvorienta.
      EL conocimiento del escritor de la palabra debe ser exhaustivo, porque su expresión depende de ello, su capacidad. Cómo utilice ese conocimiento y la dosis de verdad que ponga en ello será el reflejo de su talento real.

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      1. Tal cual, lo has expresado de manera muy bella, y estoy totalmente de acuerdo. Crecer en talento y desarrollarse en arte es parte del trabajo del escritor, y eso atañe al conocimiento de las palabras. Con lo anterior no quería contradecir lo que expusiste, sino ampliar un poco el panorama.
        Saludos.

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      2. ¿Sabés que sí? Y el comentario anterior lo tomo como un consejo, además viniendo de alguien que sabe de lo que habla y entiende del tema es doblemente valioso.
        Con respecto a por qué no se da tanto este tipo de debates, puede ser que, más allá de que el interés en participar es fundamental, muchos crean que compartiendo lo que saben pierden algo de ellos, cuando en la naturaleza de las cosas y en la dinámica de la comunicación es todo lo contrario, porque uno al compartir con otros su experiencia y su conocimiento, además de que es un genuino acto de “dar” con todo lo enriquecedor que es, puede ver o darse cuenta por el intercambio que, además, puede estar equivocado o tener un entendimiento acotado de tal o cual asunto, y con ello expandirse. Y esto se da así porque uno al exponer se está abriendo, mientras que al leer o al escuchar no siempre hay una amplia receptividad.
        En definitiva, mencionaste una palabra que es casi irremplazable al momento de crear piezas artísticas, por más que se trate de un discurso disruptivo, y ella es equilibrio.
        Saludos Paul.

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      3. Bueno, yo no sé muy bien si comparto lo que conozco o solo lo que pienso. Más bien creo que es esto último, porque conocer… Eso de conocer solo me deja una inmensa puerta abierta a todo lo que me queda por aprender. Saludos.

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      4. Entiendo tu punto de vista, pero lo que pensamos es lo que manejamos, consideramos y entendemos, a nuestro modo, con limitaciones propias, etc. Mientras que todo aquello que desconocemos se nos presenta cuando le damos atención, por lo que pasa a formar parte de lo conocido que, entonces, manejamos, consideramos y entendemos bla bla bla.
        ( Espero no caer denso ja ja )
        Un abrazo.

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